jueves, 31 de enero de 2008


¿Te vas a quedar ahí parado?

Lee: Era una ostra marina que, como todas las de su especie, había buscado la roca del fondo para agarrarse firmemente a ella. Una vez que lo consiguió, creyó haber dado en el destino claro que le permitiría vivir sin contratiempos su ser de ostra. Un día, durante una tormenta en la profundidad del mar, de esas que casi no provocan oleaje en la superficie, pero que remueven el fondo de los océanos, un pequeño grano de arena entró dentro de ella. Aunque cerró rápidamente sus valvas -así lo hacia siempre que algo entraba en ella, pues es la manera de alimentarse que tienen las ostras-, ya había entrado, y la ostra no pudo hacer lo de siempre. Bien pronto constató que aquello era sumamente doloroso. El grano de arena le hería por dentro. En vez de digerirlo, más bien la lastimaba a ella. Quiso entonces expulsar ese cuerpo extraño, pero no pudo. Ahí comenzó su drama. Lo que Dios le había mandado pertenecía a aquellas realidades que no se dejan integrar, y que tampoco se pueden suprimir. El granito de arena era indigerible e inexpulsable. Y cuando trató de olvidarlo, tampoco pudo.

Porque las realidades dolorosas que Dios envía son imposibles de olvidar o de ignorar. Frente a esta situación, no le quedaba más remedio que luchar contra su dolor, rodeándolo con él, y entonces vio que tenía una hermosa cualidad desconocida para ella. Era capaz de producir sustancias sólidas, que normalmente las ostras dedican a su tarea de fabricarse un caparazón defensivo, rugoso por fuera y terso por dentro, pero que también pueden dedicar a la construcción de una perla. Y eso fue lo que sucedió. Poco a poco, con lo mejor de sí misma, fue rodeando el granito de arena del dolor que Dios le había mandado, y a su alrededor comenzó a formar una hermosa perla. Normalmente las ostras no tienen perlas, sino que son producidas solo por aquellas que se deciden a rodear, con lo mejor de sí mismas el dolor de un cuerpo extraño que las ha herido. Muchos años después de su muerte, unos buzos bajaron hasta el fondo del mar. Cuando la sacaron a la superficie se encontró en ella una hermosa perla.

Cada uno debe preguntarse qué ha hecho con ese granito de arena que Dios ha puesto en su vida y que tenemos la oportunidad de convertirlo en una perla.

lunes, 28 de enero de 2008

FELICIES LOS QUE SABEN REIRSE
Dichosos los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.Dichosos los que saben descansar y dormir sin buscarse excusas: llegarán a ser sabios. Dichosos los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.Dichosos los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.Dichosos los que están atentos a las exigencias de los demás, sin sentirse indispensables: serán dispensadores de alegría. Dichosos ustedes cuando sepan mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las cosas importantes:llegarán lejos en la vida. Dichosos ustedes cuando sepan apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: vuestro camino estará lleno de sol.Dichosos ustedes cuando sepan interpretar con benevolencia las actitudes de los demás, aún contra las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero éste es el precio de la caridad. Dichosos los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar: evitarán muchas necedades. Dichosos ustedes sobre todo cuando sepan reconocer al Señor en todos los que encuentran: habrán encontrado la verdadera luz y la verdadera sabiduría."
"Amigos lectores, traten de memorizarlas, pero sobre todo ivenciarlas, pues son un auténtico secreto de felicidad. En efecto los ayudará a "no enfermarse de importancia", como dice una radio a "no tomarse demasiado en serio", en palabras de Juan XXIII; y, en cambio, a tomar en serio su vida, su misión, el mundo...
Entonces podrán reírse de sí mismos, buenamente y ¡ser felices!" 

domingo, 27 de enero de 2008


Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte...


EL PESO DE LA ORACIÓN:
Una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba derrota, entró a una tienda. La mujer se acercó al dueño de la tienda y, de la manera más humilde, y preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito. Con voz suave le explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no Podía trabajar; tenían siete niños y necesitaban comida.
El dueño le pidió que abandonara su tienda. Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia la mujer continuó: "¡Por favor señor! Se lo pagaré tan pronto como pueda". El dueño le dijo que no podía darle crédito ya que no tenia una cuenta De crédito en su tienda.
De pie cerca del mostrador se encontraba un cliente que escuchó la Conversación entre el dueño de la tienda y la mujer. El cliente se acercó y le dijo al dueño de la tienda que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara para su familia. El dueño, preguntó a la mujer: "¿Tiene usted una lista de compra?". La Mujer dijo: "Si señor". "Está bien," dijo el dueño, "ponga su lista en la balanza ylo que pese su lista, le daré yo en comestibles". La mujer titubeó por un momento y cabizbaja, buscó en su cartera un pedazo de papel y escribió algo en él. Puso el pedazo de papel, cabizbaja aún, en la balanza. Los ojos de dueño y cliente se llenaron de asombro cuando la balanza se fue hasta lo mas bajo y se quedó así. El dueño entonces, sin dejar de mirar la balanza dijo: "¡No lo puedo creer!". el cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles al otro lado de la balanza. La balanza no se movió por lo que continuó poniendo más y más comestibles hasta que no aguantó más. El dueño se quedó allí parado con gran asombro. Finalmente, agarró el pedazo de papel y lo miró con mucho más asombro... No era una lista de compra, era una oración que decía: "Querido Señor, tú conoces mis necesidades y yo voy a dejar esto en tus manos".
El dueño de la tienda le dio los comestibles que había reunido y se quedó allí en silencio. La mujer le agradeció y abandonó su tienda. El cliente le entregó en billete de cincuenta dólares al dueño y le dijo: "Valió cada centavo de este billete".

Solo Dios sabe cuánto pesa una Oración.